El aire dentro del auto era denso, como si cada respiración compartida se volviera un peso casi insoportable. Gabriel conducía en silencio, pero sentía sus ojos sobre mí, una mirada que quemaba más que el motor rugiendo en la noche de Nápoles. La misión era clara: infiltrarnos en el almacén donde sospechábamos que Roberto almacenaba pruebas de su traición. Pero lo que yo no esperaba era que esa misión terminara siendo un juego peligroso, no solo contra enemigos externos, sino contra mis propios