El ascensor subía en un silencio casi ceremonial.
Esmeralda observaba cómo los números digitales cambiaban con rapidez, marcando cada piso como un peldaño más hacia un mundo que aún no terminaba de aceptar. A su lado, Don Maximiliano permanecía erguido, con las manos apoyadas sobre su bastón, sin decir una sola palabra. No hacía falta. La tensión hablaba por sí sola.
Cuando las puertas se abrieron, un pasillo amplio y luminoso se extendió frente a ellos. El suelo pulido reflejaba cada paso, y