El silencio dentro de la oficina de ventas era sofocante.
El agente inmobiliario apenas podía respirar mientras veía a Emilio Valeriano de pie junto a Esmeralda, como una muralla imposible de derribar. Las piernas comenzaron a temblarle discretamente bajo el escritorio.
Y aun así, en un intento desesperado por salvarse, hizo una seña casi imperceptible a los guardias de seguridad.
Dos hombres corpulentos comenzaron a avanzar hacia Esmeralda.
—Señorita… será mejor que se retire —dijo uno de ello