El sol parecía haberse quedado a vivir en la piel de Esmeralda, dándole ese tono apiñonado que resplandecía bajo la luz del mediodía. Sus rizos, indomables y negros, bailaban al ritmo del viento que soplaba desde la costa, enredándose a menudo en sus pestañas. A sus dieciocho años, Esmeralda poseía una estatura de 1.65 metros que la hacía sobresalir entre la multitud del mercado, no solo por su porte esbelto, sino por la forma en que caminaba: con la seguridad de quien conoce cada piedra del camino. Sus ojos, de un café claro que recordaba a la miel bajo el agua, albergaban una chispa de inteligencia inusual, una curiosidad que no se saciaba con la rutina. Para los hombres que cargaban bultos y los mercaderes que pregonaban telas, ella era una belleza de facciones puras y simétricas; para Esmeralda, su rostro era simplemente la carta de presentación de una trabajadora incansable. No tenía tiempo para la vanidad cuando las manos de sus padres, ásperas y agrietadas por el clima, le re
Leer más