– Sombras del deseo y del desencuentro
Llegué a la mansión cuando la noche ya se había adueñado del cielo. Las luces exteriores iluminaban el camino de piedra, y el aire tenía ese silencio característico de los días pesados, donde el alma llega cansada de fingir calma. Estacioné el auto frente a la entrada principal y suspiré. Isaac, apenas el vehículo se detuvo, soltó el cinturón y abrió la puerta con emoción.
—¡Voy con el abuelo! —gritó, corriendo hacia el interior de la casa.
Sonreí levemen