– El peso de la conciencia
Rubén entró en la oficina de Elio con la guardia en alto. Sus hombros, anchos y tensos, delataban su disposición al combate. La secretaria cerró la puerta tras él, dejando a los dos hombres a solas en un espacio que parecía haberse quedado sin oxígeno. Elio estaba sentado tras su escritorio de caoba, con la camisa ligeramente desabotonada y un vaso de whisky que ya iba por la mitad. Sus ojos, enrojecidos por la falta de sueño y el alcohol, se clavaron en Rubén.
—Toma