Ruben llegó al colegio a recoger a Isaac. El sol de la tarde caía suavemente sobre el estacionamiento, tiñendo de dorado los autos y las aceras. Al detener el motor y bajarse del auto, lo primero que notó fue la silueta de Elio, parado junto a su propio vehículo. Elio estaba recostado con los brazos cruzados sobre el pecho, la mirada fija hacia la puerta principal del colegio, su porte arrogante y distante inconfundible. Rubén lo miró unos segundos, frunció el ceño y después desvió la vista.
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