El restaurante estaba lleno de risas, platos tintineando y el suave aroma de la comida recién servida. En una de las mesas junto a la ventana, Rubén compartía el almuerzo con su hija Aisel y el pequeño Isaac. El sol de la tarde se filtraba por los ventanales, bañando el lugar con una luz cálida que hacía brillar las sonrisas de los niños.
Isaac hablaba sin parar mientras comía su hamburguesa; contaba historias del colegio, de su hermano, de cómo había aprendido a lanzar una pelota más lejos que