El sonido del motor se apagó lentamente cuando Elio estacionó el auto frente a la mansión.
La noche estaba silenciosa, apenas iluminada por la luz tenue del portal.
Isaac dormía profundamente en el asiento trasero, con su pequeño rostro relajado, ajeno a la tormenta que se cernía sobre sus padres.
Elio bajó sin decir palabra, dio la vuelta al auto y abrió la puerta trasera. Con suavidad —quizás el único gesto tierno que aún quedaba en él esa noche— cargó a su hijo entre los brazos. Cristina lo