La noche estaba fría y el sonido de las hojas al moverse acompañaba el silencio que había entre padre e hija.
Rubén y Aisel estaban sentados en los columpios del jardín de la mansión.
Aisel se mecía lentamente, sin mirarlo, mientras Rubén la observaba en silencio, intentando descifrar lo que pasaba por la mente de su hija.
El hombre tragó con dificultad, respiró hondo y dijo en voz baja:
—Hija, te traje aquí porque quiero hablar contigo.
Aisel siguió balanceándose, sin levantar la mirada.
—¿Pue