– El Juego del Depredador
La carretera que se alejaba de la mansión Caruso estaba sumida en una oscuridad casi absoluta. Solo las luces LED del vehículo de Rubén cortaban la negrura, proyectando sombras alargadas sobre los árboles que bordeaban el asfalto. El silencio dentro del auto era denso, interrumpido únicamente por el suave ronroneo del motor y el murmullo del viento golpeando los cristales.
Cristina apoyó la cabeza en el asiento, cerrando los ojos por un segundo. El agotamiento emociona