Capítulo 248

– Cicatrices de un nuevo amanecer

El estruendo fue ensordecedor, un eco seco que pareció desgarrar la estructura misma de la catedral. En ese segundo infinito, el tiempo se dilató. Rubén no pensó en su propia vida; su cuerpo reaccionó con la memoria muscular de un soldado y el instinto visceral de un padre. Con un movimiento violento, empujó a Cristina hacia la base del altar y usó su propio torso como escudo para cubrir a Aisel, quien gritaba el nombre de su madre en medio del caos.

El proyect
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