– El secreto desenterrado
Elio Caruso no volvió a la sala de juntas.
En lugar de eso, caminó como un autómata hasta el ascensor de la presidencia y subió dos pisos más arriba, hasta su propio despacho ejecutivo, un espacio moderno y minimalista que ahora se sentía tan frío y vacío como su propio futuro.
Cerró la puerta de golpe, ignorando a su propia secretaria, que se sobresaltó ante el estruendo. Se apoyó contra la caoba pulida, con la respiración entrecortada y el corazón latiéndole como un