Bajaron por el ascensor privado. La salida fue por la puerta trasera del edificio, sin pasar por la recepción principal. En la calle, Elena llamó a un taxi.
Llegaron a "El Viejo Puerto", un bar modesto, con poca luz, mesas de madera gastada y el olor persistente a humedad, tabaco y whisky añejo. Un lugar real, lejos del lujo aséptico de la vida de Óscar.
Se sentaron en un reservado de cuero desgarrado en una esquina. El camarero, un hombre de edad avanzada con un bigote gris, se acercó.
—Un ser