Ángela, viendo que la tensión estaba a punto de romper el aire, intervino rápidamente. Se interpuso entre los dos hombres, actuando como el escudo de paz que siempre había sido.
—Ya basta, Enzo. El chico ya se disculpó —dijo ella con firmeza, y luego se giró hacia su hijo con una sonrisa dulce—. Rubén, estás pálido. Necesitas comer algo y tomarte algo para esa resaca. Ven, vamos a la cocina. Le diré a Juana que te prepare ese caldo que te gusta.
—No tengo hambre, mamá.
—No te estoy preguntando