Vega cerró la puerta de su habitación con cuidado, como si el sonido pudiera delatarla. No había nadie del otro lado del pasillo, lo sabía, y aun así su cuerpo reaccionó como si Alonso Trovatto pudiera aparecer en cualquier segundo. El corazón le latía con fuerza, un golpe sordo y persistente contra las costillas, como si quisiera escapar. Apoyó la espalda en la madera fría y dejó caer la cabeza hacia atrás.
Respiró. Pero el aire no alcanzaba. Todo su cuerpo estaba despierto, demasiado conscien