La puerta de la Casa Grande se cerró detrás de Alonso con un golpe seco que no necesitó violencia para sonar definitivo.
El aire nocturno de Sídney estaba frío.
No lo suficiente para apagar la furia que ardía bajo su piel. El vehículo esperaba por él y al subir dio la orden.
—Al hotel —ordenó.
El conductor asintió en silencio. El automóvil arrancó. Durante varios minutos no hubo sonido más que el motor y la respiración controlada de Alonso. Tenía las manos apoyadas sobre las rodillas, los