La mañana cayó sobre la Villa del Roble con una quietud engañosa.
Vega descendió las escaleras con pasos lentos, todavía envuelta en una sensación pesada que no lograba sacudirse. La casa estaba en silencio. Demasiado. No había rastro de Alonso. Ni su voz seca, ni su presencia dominante, ni ese aire de control que parecía impregnarlo todo cuando él estaba.
Había salido temprano.
Lo supo sin que nadie se lo dijera.
Y, aunque parte de ella agradecía esa ausencia, otra parte —más honesta,