La habitación estaba sumergida en una penumbra azulada.
La luna, insolente y silenciosa, se filtraba entre las cortinas de lino, dibujando sombras alargadas sobre las paredes claras. Vega yacía boca arriba, con las manos entrelazadas sobre el abdomen, mirando un punto fijo en el techo que no le devolvía ninguna respuesta.
No podía dormir.
El colchón era cómodo, demasiado. Las sábanas suaves, impecables. Todo en esa villa parecía diseñado para envolver, para engañar a los sentidos… pero no al alma. Y la suya estaba inquieta. Revuelta.
Cerró los ojos con fuerza, como si así pudiera borrar la imagen de Alonso en la cocina. Su cercanía. Su voz baja. La manera en que su presencia llenaba el espacio sin pedir permiso.
No debía afectarle.
Se lo repitió en silencio, como un mantra frágil.
No debía.
Pero lo había hecho.
No por deseo —se dijo—, sino por la intensidad con la que él existía. Alonso Trovatto no era un hombre que pasara desapercibido. No sabía estar en segundo plano. No sabía no do