La habitación estaba sumergida en una penumbra azulada.
La luna, insolente y silenciosa, se filtraba entre las cortinas de lino, dibujando sombras alargadas sobre las paredes claras. Vega yacía boca arriba, con las manos entrelazadas sobre el abdomen, mirando un punto fijo en el techo que no le devolvía ninguna respuesta.
No podía dormir.
El colchón era cómodo, demasiado. Las sábanas suaves, impecables. Todo en esa villa parecía diseñado para envolver, para engañar a los sentidos… pero no al al