El escándalo en la iglesia alcanzó su punto máximo cuando la figura de William se materializó entre las sombras del pórtico. Caminaba con una seguridad que silenciaba los murmullos a su paso. Vestía un esmoquin a medida, de un negro tan profundo que parecía absorber la luz de las velas.
La chaqueta de solapa ancha marcaba sus hombros imponentes, y el chaleco de seda gris perla le daba un aire de sofisticación que hacía que Paolo, tirado en el suelo con el labio partido, pareciera un niño jugando