La iglesia, que minutos antes era un templo de paz, se transformó en un hervidero de rumores y señalamientos. Los invitados se ponían de pie, estirando el cuello para no perderse ni un detalle del desplante de Nahla.
En el altar, la atmósfera era eléctrica, cargada de una furia que buscaba por dónde estallar. Nahla, manteniendo una postura que desprendía una autoridad absoluta, hizo un gesto apenas perceptible con su mano enguantada hacia uno de los hombres de confianza de Alejandro, que espera