Las puertas de urgencias se abrieron con un estruendo metálico que pareció retumbar en el pecho de Nahla. El movimiento a su alrededor era un remolino de uniformes azules, gritos de órdenes médicas y el roce frenético de las ruedas de la camilla contra el suelo. Ella corría al lado de William, sin soltar su mano, ignorando que su propio vestido de seda, aquel que esa mañana lucía impecable, ahora estaba arruinado por manchas oscuras y pegajosas.
—¡Paciente masculino, herida de bala en el flanco