Las luces del salón no solo brillaban; herían. Sobre el enorme piso de baile, la orquesta desgranaba una melodía lenta que se sentía como un lamento elegante. Los invitados no solo observaban a Nahla y William; los diseccionaban. Los murmullos tras las copas de cristal eran ruidos de estática venenosa, y los teléfonos grababan cada parpadeo, listos para alimentar la voracidad del internet.
Nahla mantenía el mentón en alto, una máscara de mármol que ocultaba una marea negra de orgullo herido y un