En la mansión Casalins el silencio era insoportable. Alejandro estaba solo en su estudio, rodeado de pantallas y periódicos digitales abiertos en la computadora. Cada titular era un golpe que lo hundía más en su propio infierno.
El celular vibraba sin parar sobre el escritorio, pero él no lo tocaba. Cada notificación era otro titular que lo aplastaba. Las fotos seguían circulando, ampliadas, comentadas, destrozadas por miles de desconocidos.
Se cubrió la cara con las manos. Las lágrimas salían s