Valentina bajó las escaleras con las piernas temblando, aferrada al asa de su maleta como si fuera lo único que la mantenía en pie. El eco de los gritos de Julián aún rebotaba en sus oídos, perforándole el alma. Cada paso era un recordatorio de que estaba dejando atrás su vida, su hogar y, lo más doloroso, a Julián.
Al llegar al gran recibidor, Vicente ya la esperaba; sostenía su propia maleta de cuero desgastado y su postura era de absoluta determinación.
—¿A dónde cree que vas sola? —preguntó