Los días se volvieron grises y pesados, llenos de tormentas que no paraban. Cristina y Vicente multiplicaban sus esfuerzos por sacarla de ese pozo de sombras. Para ella, sus palabras de aliento eran ecos lejanos.
Valentina pasaba las tardes en el cementerio, sentada frente a la lápida de Luz. Tocaba las letras grabadas con dedos temblorosos, como si pudiera sentir el calor de su hija una vez más. Las lágrimas caían silenciosas, mojando la tierra húmeda. Era el único lugar donde podía respirar si