La mañana amanecía tranquila en la Villa La Matilde, teñida por un cielo pálido que todavía dudaba en despertar. La luz entraba por las ventanas como un susurro delicado, deslizándose por las paredes, tocando suavemente los muebles y anunciando un día más… uno que, para Leah Presley, cambiaría por completo.
Ella terminaba de ajustar la fina prenda de seda sobre sus hombros, acomodando los botones con pequeños movimientos de sus dedos. Aún quedaba un leve rastro de sueño en su rostro, pero había