La noche había caído lentamente sobre la granja, como un manto tibio y protector. No era una oscuridad brusca. Era suave. Gradual.
El cielo brasileño se teñía de tonos profundos: azul oscuro, violeta, pequeñas pinceladas negras que dejaban espacio para un millón de estrellas. El aire era cálido, con ese aroma particular del campo húmedo, de pasto recién respirado, de madera antigua y tierra viva.
Kevin sostenía a Emily entre sus brazos.
La pequeña dormía profundamente, con su mejilla apoyada co