No hay rastros

Kevin no recordaba cuánto tiempo llevaba caminando.

Solo sabía que sus botas estaban cubiertas de barro, que sus manos temblaban y que su garganta ardía de tanto gritar nombres que nadie respondía.

—¡Leah!

Su voz se perdía entre los árboles.

—¡Emily!

El amanecer había llegado sin pedir permiso, tiñendo la granja de tonos pálidos, casi crueles. La neblina matinal se deslizaba sobre el pasto como un sudario, envolviendo cada rincón con una calma que resultaba insultante.

Todo estaba demasia
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