El dolor fue lo primero que ella sintió nuevamente. Un latido profundo en la frente, constante, como si alguien golpeara desde dentro de su cráneo. Leah abrió los ojos lentamente, con cuidado, temiendo que cualquier movimiento empeorara la punzada que la atravesaba.
La oscuridad seguía allí.
Fría. Densa. Sucia.
El aire olía a humedad rancia y metal oxidado. Cada respiración le quemaba la garganta. Intentó moverse y entonces lo recordó: las ataduras en sus muñecas, la presión cruel alrededor