La mañana avanzaba lenta, tensa, como si el aire dentro de la clínica privada estuviera aprisionado entre paredes que ya habían presenciado demasiados secretos. Leah Presley llevaba más de diez horas sin dormir, con la ansiedad punzándole los nervios como agujas ardientes. Se había quedado sentada al borde del pasillo, con la vista fija en la puerta donde Kevin permanecía conectado a máquinas que mantenían la vida latiendo dentro de él.
Pero algo la alertó de inmediato.
Había un silencio extraño. Una ausencia.
Dulce.
Leah se enderezó en la silla con una intuición visceral. No la veía desde hacía más de veinte minutos en los que dijo que vería a Kevin.
—¿Dónde está? —susurró para sí misma, sintiendo un frío que comenzó en la nuca y bajó por la columna — Creo que ni siquiera has entrado a verlo.
Antes de que pudiera levantarse por completo, el teléfono de Arturo sonó. Pero no con el tono habitual que él usaba para llamadas de rutina. Esta vez era un sonido breve, cortante, q