El silencio de la habitación era tan profundo que Leah escuchaba con claridad cada latido en su pecho. La madrugada había sido larga, llena de incertidumbres y respiraciones contenidas. El monitor cardiaco de Kevin emitía un ritmo estable, constante, casi como un susurro mecánico que ella agradecía escuchar. Había pasado horas allí, sentada en la silla a su lado, con los dedos entrelazados a los de él, como si ese contacto fuera lo único capaz de anclarlo al mundo.
La luz tenue que entraba desde la ventana iluminaba el rostro de Kevin. Su piel se veía pálida, pero no tanto como días atrás. Sus labios tenían más color. Leah lo observó en silencio, estudiando cada detalle como si temiera que el más mínimo parpadeo rompiera el encanto de que él estuviera vivo.
Pasó su mano suavemente por su frente, sintiendo el calor tranquilo que indicaba que su cuerpo ya no luchaba en agonía. Con cuidado acomodó la manta sobre su pecho y dejó un suspiro largo, profundo, que parecía llevar semanas atr