La noche había caído sobre la ciudad con una pesadez húmeda y sofocante. Los neones del bar “Black Velvet” parpadeaban en tonos rojos y violetas, anunciando un refugio para almas perdidas, para quienes buscaban algo rápido, fugaz y sin consecuencias.
Un lugar perfecto para ella.
Dulce cruzó la entrada con tacones que resonaban mientras movía las caderas con una seguridad excesiva, casi violenta. Su vestido ceñido, corto y brillante, no dejaba nada a la imaginación. Nadie podría sospechar que