Kevin volvió a abrir los ojos apenas unos minutos después de haberse rendido al cansancio. Esta vez, la respiración de Leah se detuvo. Ella había permanecido allí, sentada en la silla a su lado, sin apartar la mirada de su rostro ni un instante. Pero lo que vio ahora la hizo incorporarse con cuidado.
El azul de los ojos de Kevin lucía cristalino, alerta en medio del agotamiento. Movió los dedos como si quisiera buscar algo, o a alguien. Y Leah tomó su mano de inmediato.
—Estoy aquí, contigo Kevin —susurró con suavidad.
Kevin la miró, estudiándola por unos segundos. Pero algo en su expresión cambió. Su ceño se frunció, sus labios se tensaron, y un destello de confusión nubló su mirada.
—Leah… —murmuró, su voz áspera, débil—. ¿Qué… qué hago aquí?
La pregunta cayó como un balde de agua helada sobre ella. Por un instante, el mundo se volvió estático. Leah parpadeó lentamente, tragando la punzada que sintió en el pecho.
—Kevin… —respondió con calma, intentando mantener la voz estable