El silencio sepulcral de la madrugada se rompió con el sonido seco de una puerta batiente. El médico jefe de neonatología salió del área restringida, despojándose de los guantes de látex con un gesto que transmitía una fatiga extrema. Su rostro estaba rígido, serio, desprovisto de cualquier atisbo de tranquilidad.
Al verlo, la familia entera se puso de pie en unísono mecánico. Wei, apoyado firmemente en el hombro de Zhang para sostener el peso de su pierna con yeso, clavó su mirada inyectada en