Mientras tanto, en la mansión Di Santi, la elegancia se había ido por la ventana. Valentina y la abuela Marta se encontraban en la guardería real, rodeadas de pañales, biberones y tres pequeños pulmones que parecían no tener fin.
Los trillizos —Alessandro, Damián y Bianca— tenían apenas días de nacidos, pero ya demostraban que la sangre de Ángelo corría por sus venas: eran demandantes, estratégicos y tremendos.
—¡Marta, por el amor de Dios! —exclamó Valentina, intentando sostener a un inquieto