La habitación quedó sumida en un silencio denso, solo interrumpido por la respiración agitada de ambos tras la tormenta de pasión. Zhang, agotado por el despliegue de fuerza y el placer extenuante, se sumió en un sueño profundo y pesado. Elizabeth, sin embargo, recuperó su chispa de astucia rápidamente. Con una sonrisa traviesa, buscó unas nuevas esposas —esta vez de grado militar— y lo volvió a sujetar firmemente a la cama. Sacó su teléfono y, con un ángulo perfecto, tomó varias fotos de Zhang