Cassandra entró al despacho y sintió que el aire le quemaba los pulmones. Al ver a Ángelo herido, su corazón dio un vuelco, pero al notar la presencia de Rosa en la esquina, su rostro se convirtió en una máscara de hielo. Se acercó a él con paso firme, evitando mirarlo a los ojos para no quebrarse.
—Señor Di Santi, por favor, quédese quieto —dijo Cassandra con una voz tan formal y distante que Ángelo arqueó una ceja, sorprendido—. Necesito evaluar la profundidad de la herida de inmediato.
Ángel