La atmósfera en la mansión Di Santi era una mezcla de alivio y una tensión persistente. Tras regresar del hospital, Ángelo caminaba de un lado a otro en el gran salón, con una copa de whisky en la mano y la mandíbula apretada. Cassandra lo observaba desde el sofá, conociendo perfectamente cada uno de sus gestos.
—¡Es que no me entra en la cabeza, Cassandra! —exclamó Ángelo, deteniéndose en seco—. ¡Embarazada! Después de todo lo que pasó con la leucemia... Wei ha sido un imprudente.
—Ángelo, por