El aire en el despacho de Mein Ling todavía se sentía pesado, cargado con el rastro de las lágrimas que ella había derramado en los brazos de Arrieta. Cuando Ángelo entró, no lo hizo con la arrogancia de un socio, sino con la gravedad de un hermano de armas y un padre que entiende el peso de una corona.
Ángelo se sentó frente a ella y dejó un documento sobre la mesa, pero su mirada estaba fija en los ojos cansados de la matriarca.
—Mein, vengo a hablarte de Zhang —empezó Ángelo sin rodeos—. Sé