En la habitación de servicio de la mansión, el aire olía a sudor frío y a la muerte que acechaba. Rosa estaba postrada, pálida y con la mirada perdida, luchando por cada bocanada de aire tras el envenenamiento. A su lado, Vicente no mostraba ni un ápice de piedad; mantenía el cañón frío de su pistola presionado contra la sien de la mujer.
El teléfono de Rosa empezó a vibrar. En la pantalla brillaba el nombre: ISABELLA.
—Contesta —gruñó Vicente en un susurro letal—. Dile exactamente lo que plane