La habitación de terapia en la mansión Di Santi era amplia y fría: paredes blancas, una camilla ajustable en el centro, barras paralelas a un lado y una ventana grande que daba al jardín. El doctor Arrieta había llegado temprano esa mañana, con su maletín médico y una carpeta llena de notas. Cassandra ya estaba allí, con su uniforme blanco impecable, el cabello recogido en una coleta alta y la expresión serena que siempre usaba cuando entraba a trabajar con Angelo.
Angelo estaba sentado en su