En la penumbra del búnker médico, el aroma a antiséptico se mezclaba con el humo del habano de Ángelo. El Rey de la Legión observaba a Li Wei, quien se mantenía sentado con esfuerzo, con el torso vendado y la mirada fija en el vacío, e l pitido del monitor cardíaco resonaba en su cabeza como un tambor lejano. Intentó incorporarse, pero el cuerpo le respondió con un latigazo que lo obligó a caer de nuevo sobre la almohada empapada de sudor.
La puerta se abrió con un chasquido seco. Ángelo entró