El sol de la mañana bañaba el comedor privado de la azotea con una luz dorada. Sobre la mesa, el Dr.Arrieta y Marco ya habían pasado el informe de la noche, pero Ángelo apenas probaba su café. Sus ojos estaban fijos en la puerta que conducía a la habitación donde Cassandra aún dormía.
Junto a la cama de ella, Ángelo había dejado una bandeja de plata con un desayuno perfecto y un sobre lacrado. Dentro, no solo estaba la libertad, sino la seguridad: el tratamiento médico de su madre pagado de por