El Mercedes negro se detuvo en un callejón industrial de las afueras, donde las luces de la ciudad apenas llegaban y el aire olía a aceite quemado, metal oxidado y abandono. El lugar era perfecto para una advertencia mafiosa: contenedores apilados como tumbas, un farol parpadeante que proyectaba sombras largas y deformadas, y el sonido lejano de un tren de carga que pasaba cada media hora como un recordatorio de que el mundo seguía girando aunque alguien estuviera a punto de romperse.
Juan fue