En la sala de estar de la imponente mansión de Mein Ling, el silencio se rompió con el sonido estridente de las noticias. Cassandra se quedó petrificada frente a la pantalla gigante, viendo cómo las llamas devoraban el lugar que, apenas unas horas antes, era su hogar.
—Sabía que algo malo pasaría... —susurró Cassandra, llevándose las manos al vientre—. Mi instinto no me mintió.
Mein Ling, con una calma que imponía respeto, hizo una señal a sus hombres. —Vayan a la zona. Quiero un informe detall