El aire en el sótano se volvió irrespirable. Kai, con el labio desgarrado y la pierna destrozada, clavó los ojos en Ángelo. Cuando lo vio entrar caminando, erguido y dominante, el terror le heló la sangre. Kai sabía que Ángelo lisiado era peligroso, pero Ángelo de pie... era la muerte misma.
Sintió que el mundo se le venía abajo.
Shen, encadenado en la jaula contigua, intentó mantener una fachada de arrogancia.
—¡Malditos Di Santi! —escupió Shen—. No podrán con nosotros. Chinatown no perdonar