El silencio en el sótano era tan pesado que el goteo de la sangre de Kai contra el suelo sonaba como martillazos. Shen miraba a su "hijo" mutilado, luego a la imponente Mein Ling. El sudor frío se mezclaba con la sangre en su rostro destrozado.
—Elige, Shen —siseó Mein Ling, acercando el filo de su katana al cuello del líder—. ¿Él o tú?
Shen tragó saliva, el egoísmo ganándole a cualquier rastro de honor.
—¡Que muera él! —gritó Shen con desesperación—. ¡Él no es nada! ¡Es un bastardo, un error!