La enfermería de la mansión estaba en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el suave pitido de los monitores. Cassandra estaba recostada, con el brazo vendado y el rostro aún marcado por los golpes, pero sus ojos se iluminaron con una fuerza sobrenatural cuando la puerta se abrió y apareció Clara.
—¡Clara! —susurró Cassandra, extendiendo su brazo sano.
Clara no aguantó más y corrió hacia la cama, cayendo de rodillas y abrazando a su hermana con una desesperación que le cortaba el aliento