En la habitación de los Di Santi, el ambiente era denso. Ángelo caminaba por el balcón, encendiendo un cigarrillo con manos tensas, mientras Cassandra estaba sentada en la cama, con la mirada perdida y el ceño fruncido.
—No puedo creerlo, Ángelo —dijo Cassandra, su voz cargada de una furia gélida—. Ese hombre, Karl James, prefiere que su hija sea un cadáver con un apellido "limpio" a que viva gracias a un Ling. Es el colmo de la hipocresía. Ni siquiera un "gracias" por haber arriesgado la vida